La vieja historia de que alguien que tiene destreza con algún arte u oficio hizo un pacto con el diablo se explica en algunas provincias del norte argentino a través de la leyenda de “La Salamanca”. Se trata de una cueva donde brujas y demonios (y animales y monstruos, como se verá) dan rienda suelta a sus celebraciones, unas verdaderas bacanales donde corre el aguardiente, los bailes desenfrenados, la música a todo volumen, toda suerte de brebajes que operan como estimulantes para los asistentes y naturalmente, el sexo.
Todo indica que la cueva de La Salamanca se encuentra en Santiago del Estero, lo cual es algo raro, si tenemos en cuenta que la geografía de esa provincia carece de elevaciones montañosas. Con todo, muchos adictos al saber popular dicen que el sitio estaría escondido entre las breñas que rodean a Salavina, el pueblo santiagueño famoso porque es la cuna de la chacarera y ha dado músicos notables.
Por eso dicen que ese virtuosismo es fruto de ese pacto con el demonio. Ahora bien, toda esta historia es más compleja de lo que parece. Como se dice, vulgarmente, “la casa se reserva el derecho de admisión”, de modo que entrar a la cueva no es para cualquiera. Solo puede encontrar la entrada aquel que conoce la palabra que la hace visible. O sea, una suerte de “¡Ábrete, Sésamo!” y ya está el conjuro para entrar.
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