Las historias de comerciantes asaltados en Yerba Buena se multiplican, pero el efecto que logra su difusión parece ser el contrario al buscado. En lugar de presencia policial, los que se incrementan son los casos de inseguridad entre quienes apostaron al desarrollo económico de la ciudad.
Todas esas historias destilan enojo e impotencia. Algunas están cargadas de terror y violencia y una que otra, tienen un tono tragicómico, como por ejemplo la del ladrón que les impartió la bendición a sus víctimas después de asaltarlas.
Eso le sucedió a la dueña de la farmacia De La Paz, quien el lunes le abrió la reja a una clienta conocida y se olvidó de cerrarla. En segundos tenía en el salón de atención a un sujeto armado que, por suerte, al ver sus gestos de terror entendió que el arma no era necesaria y la guardó.
Manejandose con total tranquilidad, el maleante vació la caja registradora y se apropió del celular de Laura Paz. Lo que pasó al final suena a broma cruel, pero realmente sucedió. Antes de irse el ladrón se despidió de sus aterradas víctimas con un “Dios las bendiga”. Le faltó desear que las proteja, tal vez por obvias razones.
Valeria Miniggio también tiene una historia para contar, pero en esta no hay nada que mueva a risa. La mujer, que administra un quiosco, vio venir a los dos sujetos en moto pero no alcanzó a poner llave. Uno de ellos le pidió un jugo mostrando dinero, y eso la hizo confiar en que era un cliente.
Pero no. Eran ladrones y de la peor calaña. La mujer fue salvajemente golpeada por los dos cobardes delante de su hijo de 12 años. Se llevaron la recaudación, una buena cantidad de cigarrillos y un celular. La dueña del negocio confió después que no hizo ni hará la denuncia. Tiene el antecedente de su novio, a quien le robaron la moto hace un año y, a pesar de haber denunciado, nadie movió un dedo para recuperarla.
Todo esto ocurre en una zona que no está precisamente alejada de la parte más transitada de Yerba Buena. Se trata de las primeras cuadras de la avenida Salas y Valdez, que desemboca en el Camino del Perú, a sólo un par de cuadras de la avenida Aconquija, en un sector residencial de la ciudad.
Las historias se multiplican, siempre con el mismo desenlace y los mismos protagonistas. Vecinos indefensos que, cuando lo pierden todo, tienen que agradecer estar vivos, aunque no siempre ilesos. La escena final los encuentra esperando una seguridad que nunca aparece y descreídos de una justicia que no parece pensada para resarcirlos de sus pérdidas.
Una lástima, cuando se piensa que es uno de los pocos sectores de la provincia donde aún no se percibe en toda su dimensión el daño que la pandemia le infringió a la actividad comercial. Pero lo que no mató el coronavirus lo está erosionando la inseguridad y la falta de reacción de las autoridades.






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