Los Ingalls era una familia que no tenía respiro, sus vidas estaban plagadas de sacrificios, pobreza, mudanzas forzadas, desastres naturales y desgracias personales, como cuando Mary (Melissa Sue Anderson) quedó ciega, o peor aún, cuando tuvo que afrontar la muerte de su hijo. Todo esto conformaba un cóctel explosivo que mantenía a la audiencia expectante. “¿Qué les va a pasar ahora?”, se preguntaba más de uno cuando terminaba un capítulo. Es que no era para menos, esta gente parecía estar orinada por un dinosaurio.
Tenían una mala suerte extrema. Aunque también es cierto que la cuota de optimismo siempre estaba presente. En medio del desastre, ¿quién no recuerda a Caroline (Karen Grassle) horneando un pastel, con la familia sonriente al descubrir que lo único que importaba era estar juntos?
En 1974, cuando finalizó la recordada Bonanza, luego de permanecer catorce años en el aire, la NBC le encomendó a uno de sus protagonistas, Michael Landon, la producción de un telefilm basado en los best séller de Laura Ingalls Wilder, una escritora que había reflejado sus memorias como parte de una familia de pioneros del Oeste a finales del siglo XIX. Es por eso que la serie estaba narrada desde el punto de vista de Laura (Melissa Gilbert).
En esa película para televisión se muestran los primeros pasos de la familia en las llanuras de Kansas, a donde habían emigrado en busca de un futuro mejor. Al llegar al pueblo, conocen al señor Edwars (Victor French, quien también acompañaría a Landon en Camino al cielo), quien los ayudó a instalarse. Pero los problemas no tardaron en llegar: además de encontrarse con indios salvajes, la casa en la que habitaban se incendió y quedó destruida. “Todo mal”, diría cualquier chico del siglo XXI y el final del telefilm, no era mucho mejor, ya que por orden del gobierno, los Ingalls tuvieron que abandonar el pueblo y marcharse en busca de nuevos horizontes






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