La capacidad de generación energética a partir de fuentes renovables, según la Agencia Internacional de Energía (IEA, por sus siglas en inglés), crecerá un 50% en cinco años, en especial por la instalación de paneles solares fotovoltaicos, que absorberán el 60% de este aumento frente al 25% que saldrá de los sistemas eólicos.
Este incremento, de incontestables beneficios por la reducción de emisiones, deja no obstante una huella que empieza a preocupar: la fabricación, transporte y mínimo reciclaje de los paneles solares deja tras de sí un rastro contaminante.
Solo los equipos que llegarán al final de su vida útil en nueve años supondrán ocho millones de toneladas de residuos. Esta cifra se multiplicará por 10 a mediados de siglo y supondrá más del 10% del total de basura electrónica mundial, según un estudio publicado en Nature energy.
Alejandro del Amo, director general de Abora-Solar, una compañía respaldada por el Consejo Europeo de Innovación, destaca el ahorro de kilogramos de CO₂ que supone la generación de energía fotovoltaica frente a la contaminación generada por fuentes no renovables y el avance conseguido en 15 años: “En 2006 se necesitaba una década para compensar las emisiones, pero ese plazo se ha reducido a solo dos años”.
Pero llegar a esos beneficios deja un rastro de contaminación indirecta. La generación de electricidad mediante energía solar fotovoltaica requiere grandes superficies para las instalaciones y precisa de materiales valiosos (como la plata), costosos de producir (silicio) y tóxicos (cadmio y plomo, entre otros).
A la contaminación que genera la extracción y producción de los componentes hay que sumar la generada en el transporte. Según un estudio de Argonne National Laboratori, la huella de carbono generada por los paneles producidos en China, principal exportador de estos sistemas, es el doble que la que producen los fabricantes europeos.
Del Amo afirma que el objetivo es reducir al máximo tanto la contaminación directa como indirecta. Para evitar la primera, las estrategias apunta en varias direcciones: aumentar la eficacia de los paneles (los más antiguos aprovechan solo un 20% de la energía solar que llega mientras los más avanzados aspiran a llegar al 80%), incrementar los usos (electricidad, agua caliente sanitaria, calefacción y aire acondicionado) y ampliar la vida útil de las instalaciones (de 20 a 40 años), lo que permitiría no solo una mayor compensación de gases frente a la generación con recursos no renovable, sino también retrasar la acumulación de residuos.
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Fuente: El País



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