La historia de la mermelada o confitura, es de las más dulces que existen. La necesidad de conservar la fruta, tuvo como resultado uno de los alimentos más dulces y ricos que podemos comer.
Los confiteros de Ramsés II el Grande, elaboraban hace tres mil trescientos años confituras de fruta, hierbas y especias que terminaron siendo muy populares en el Egipto faraónico. La conserva de frutas era muy estimada ya en la Antigüedad.
Cuando empezó a utilizarse el azúcar, ya en la Edad Media, confitar era tarea que se llevaba a cabo cubriendo con un baño de azúcar las frutas que se querían conservar y cuyo resultado era el confite.
Una golosina que no faltaba nunca en los aparadores de las buenas casas, metida en confiteras o vasija junto a las grageas, caramelos, mermeladas, arropes, almíbares e incluso las especias.
Cuando había visitas de importancia se abrían aquellos tarros olorosos y se impregnaba con su aroma el ambiente advirtiendo al invitado que a los postres degustaría aquellas exquisiteces.
La confitera, a modo de gran copa cubierta colocada sobre bandeja ovalada y acompañada de cucharillas, era siempre la pieza cerámica más ostentosa.
Las había de oro con esmaltes y blasones o escudos de la casa. Estas adornadas con piedras preciosas, y junto a ella una especie de recipiente contenía las delicadas servilletas que las damas remilgadas llevaban a la comisura de los labios tras degustar aquellos delicados manjares.
Con esas delicada servilletas, se limpiaban también los dedos quien tomaba con las manos el confite, e incluso se limpiaba la cucharilla, que ya no se lavaba.
Había un criado, que se llamaba especiero, destinado a servir el confite que en la Corte de Carlos I de España. En aquel tiempo las confiteras eran obras de arte suntuario.
INGREDIENTES
Mandarina 1
300 kilos
Azúcar 800 grs
Limón 1
Agua 1 vaso
Procedimiento:
Rallá 3 mandarinas. Siempre la parte de color, no la blanca porque es amarga.
Pelá todas las mandarinas, inclusive estas que rallaste, separá los gajos, sacáles todo el hollejo y, si tienen, las semillas.
Pesá 1 k de gajos, colocálos en un bol junto con la ralladura y mezclálos con el azúcar.
Dejá que suelten su jugo al menos 6 horas.
Pasá todo a una olla de fondo grueso, sumále el jugo de 1 limón y el vaso de agua.
Cocinálo a fuego moderado, revolviendo de vez en cuando para evitar que se pegue. Dependiendo del grosor de la olla y de tus hornallas esto puede llevar de una hora a una hora y media.
Para comprobar el punto poné una cucharada en un platito, dejálo 2 minutos en la heladera para que se enfríe y pasále la cuchara de madera para hacer un surco. Si se mantiene separado está listo, si se junta cocinálo un poco más.
En caliente ponélo en frascos esterilizados sin llegar al borde, dejando 1 cm vacío, tapálo y dálo vuelta unos 10 minutos. Volvé a ponerlos al derecho y dejálos enfriar. Conserválos en un lugar fresco, seco y oscuro durante 1 año. Una vez abierto conserválo en heladera hasta 15 días.
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